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nosomosdelmundo
nosomosdelmundo:

Un niño llamado Julio Cortázar:
Todas las mujeres con las que he vivido, que no han sido pocas, todas sin excepción me han dicho en algún momento: “Lo que a veces es terrible en ti es hasta qué punto eres un niño”. Tengo lados pueriles a veces excesivos, probablemente- Y es que ante cierto tipo de situaciones en que los adultos reaccionan naturalmente como adultos, mi reacción suele ser pueril, de juego.
Eso lo sentí en mi primera juventud cuando leí ese clásico de la literatura inglesa que es Peter Pan, la historia de un niño que no quería crecer. Y me asimilé un poco a eso. Una vez una mujer en Buenos Aires me dijo: “vos te deberías llamar Peter Pan”, y me pegó un golpe porque coincidía con esa especie de asimilación al personaje que yo había hecho definitivamente. En momentos en que hay que adoptar una decisión de adulto, muchas veces yo me refugio en un estado de espera, realmente infantil, como si la solución fuera a venir de otro lado, como si yo tuviera un padre todopoderoso que me va a sacar las castañas del fuego. Nunca he sentido que esto fuera un factor negativo porque la contrapartida es esa gran porosidad, la capacidad de captación que tiene el niño y que el adulto, por razones obvias, se le va escapando.

Finalmente, ¿qué es madurar? Es una operación selectiva de la inteligencia que va optando cada vez más por cosas consideradas como importantes, dejando de lado otras. Para el adulto deja de ser importante jugar a la rayuela y pasa a ser importante pagar el alquiler. El niño, como a lo mejor ni sabe lo que es el alquiler, juega a la rayuela como algo muy importante.
Tengo un buen diálogo con los niños. Tengo una buena relación porque no trato de imponerles mi estructura de entrada. Y el niño lo comprende de entrada. Recuerdo bien cuando era niño, el sentimiento de escándalo que me producían cuando llegaban los grandes y decían: “Bueno, se acabó el juego hay que ir a comer y a acostarse”. Me parecía una especie de atentado, de irrupción: no habíamos terminado de jugar el partido de fútbol y nos salían con esas cosas.
¿Vos crees que si yo no hubiera conservado esa porosidad que tiene el niño sería el escritor que vos conocés? Esto nos lleva a una tentativa de definición de lo lúdico no como una visión trivial sino como una actividad profundamente seria. El juego como algo que tiene su importancia en sí, un sistema de valores que puede dar una gran plenitud a quien lo está practicando.
En ese sentido la literatura siempre fue un ejercicio lúdico para mí. No creo haber cambiado de actitud entre aquel niño que construía un meccano y se pasaba horas inventando una nueva grúa y el hecho de inventar un “modelo para armar” en la escritura. Hay una equivalencia en la que los años no han mordido. No me han cambiado en ese plano.
La literatura como juego me parece el más serio de todos.
Del libro “Revelaciones de un cronopio. Conversaciones con Cortazar”, de Ernesto González Bermejo.

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Un niño llamado Julio Cortázar:

Todas las mujeres con las que he vivido, que no han sido pocas, todas sin excepción me han dicho en algún momento: “Lo que a veces es terrible en ti es hasta qué punto eres un niño”. Tengo lados pueriles a veces excesivos, probablemente- Y es que ante cierto tipo de situaciones en que los adultos reaccionan naturalmente como adultos, mi reacción suele ser pueril, de juego.

Eso lo sentí en mi primera juventud cuando leí ese clásico de la literatura inglesa que es Peter Pan, la historia de un niño que no quería crecer. Y me asimilé un poco a eso. Una vez una mujer en Buenos Aires me dijo: “vos te deberías llamar Peter Pan”, y me pegó un golpe porque coincidía con esa especie de asimilación al personaje que yo había hecho definitivamente. En momentos en que hay que adoptar una decisión de adulto, muchas veces yo me refugio en un estado de espera, realmente infantil, como si la solución fuera a venir de otro lado, como si yo tuviera un padre todopoderoso que me va a sacar las castañas del fuego. 
Nunca he sentido que esto fuera un factor negativo porque la contrapartida es esa gran porosidad, la capacidad de captación que tiene el niño y que el adulto, por razones obvias, se le va escapando.

Finalmente, ¿qué es madurar? Es una operación selectiva de la inteligencia que va optando cada vez más por cosas consideradas como importantes, dejando de lado otras. 
Para el adulto deja de ser importante jugar a la rayuela y pasa a ser importante pagar el alquiler. El niño, como a lo mejor ni sabe lo que es el alquiler, juega a la rayuela como algo muy importante.

Tengo un buen diálogo con los niños. Tengo una buena relación porque no trato de imponerles mi estructura de entrada. Y el niño lo comprende de entrada. 
Recuerdo bien cuando era niño, el sentimiento de escándalo que me producían cuando llegaban los grandes y decían: “Bueno, se acabó el juego hay que ir a comer y a acostarse”. Me parecía una especie de atentado, de irrupción: no habíamos terminado de jugar el partido de fútbol y nos salían con esas cosas.

¿Vos crees que si yo no hubiera conservado esa porosidad que tiene el niño sería el escritor que vos conocés? Esto nos lleva a una tentativa de definición de lo lúdico no como una visión trivial sino como una actividad profundamente seria. El juego como algo que tiene su importancia en sí, un sistema de valores que puede dar una gran plenitud a quien lo está practicando.

En ese sentido la literatura siempre fue un ejercicio lúdico para mí. No creo haber cambiado de actitud entre aquel niño que construía un meccano y se pasaba horas inventando una nueva grúa y el hecho de inventar un “modelo para armar” en la escritura. Hay una equivalencia en la que los años no han mordido. No me han cambiado en ese plano.

La literatura como juego me parece el más serio de todos.

Del libro “Revelaciones de un cronopio. Conversaciones con Cortazar”, de Ernesto González Bermejo.